Competimos mucho, construimos poco.
¿Y si el mayor obstáculo para crecer como DJ somos nosotros mismos?
REFLEXIONES SOBRE LA ESCENA


Competimos mucho, construimos poco
Hace unos días volví a escuchar "esa" conversación, en la que definen el vinilo como la única forma "real" de tocar; otro colega respondía que hoy, si no produces música, difícilmente puedes crecer; alguien más aseguraba que solo vale la pena poner tracks recién publicados porque tocar música de hace dos años está mal. Mientras los escuchaba pensé en que cada vez me incomodan más esas ideas: llevamos demasiado tiempo intentando demostrar quién es más DJ y muy poco preguntándonos cómo hacer crecer la escena o cómo crecer como artistas.
Cada vez estoy más convencido de que la cultura competitiva que hemos construido entre nosotros termina frenando el crecimiento de la escena mucho más de lo que imaginamos. No hablo de competir por ser mejores, esa competencia siempre será sana, sino de la necesidad constante por demostrar que hacemos las cosas "mejor" que los demás, como si ser DJ se hubiera convertido en una carrera por acumular credenciales en lugar de desarrollar criterio. Poco a poco dejamos de hablar de música para empezar a hablar de formatos, de tecnologías, de estadísticas, de exclusividades y de reglas que, muchas veces, nosotros mismos inventamos.
Lo curioso es que esa competencia rara vez se traduce en una escena más fuerte. Al contrario: nos fragmenta, nos vuelve desconfiados y nos hace perder de vista algo mucho más importante. En lugar de preguntarnos qué podemos construir juntos, pasamos demasiado tiempo intentando justificar por qué nuestro camino es el correcto y el de los demás no. Y esto pasa con los DJ, productores, técnicos, promotores, todos caemos en esa trampa.
No escribo esto desde fuera, yo también soy parte de esa cultura. También he cometido muchos de esos errores y, probablemente, siga cometiendo algunos sin darme cuenta. Precisamente por eso me interesa ponerlos sobre la mesa; no para señalar culpables, sino porque creo que vale la pena preguntarnos si esas ideas que hoy damos por hechas realmente nos ayudan a crecer como DJs o, al contrario, están limitando el crecimiento de toda la escena.
Lo primero que hacemos cuando queremos demostrar que sabemos más que otro DJ es buscar una diferencia técnica. Parece que siempre necesitamos encontrar algo que nos coloque un escalón arriba. Si mezclas en vinilo, eres más auténtico; si produces música, eres más artista; si nunca usas sync, eres más profesional; si tocas únicamente promos o tracks lanzados esta semana, entonces eres un selector más fino. Siempre aparece una nueva regla que, curiosamente, termina beneficiando a quien la propone.
Cada quien invierte en lo que considera importante. Hay quienes compran discos, otros preferimos invertir en un estudio, en sintetizadores, en cámaras, en nuestra casa o, simplemente, en nuestra familia. Ninguna de esas decisiones debería convertirse en un argumento de superioridad. Si el vinilo fuera objetivamente el mejor formato, entonces hoy todos estaríamos mezclando con cintas de carrete abierto y miraríamos al vinilo como una tecnología moderna. La realidad es mucho más simple: cada formato pertenece a una época distinta y todos forman parte de la evolución del DJ. Mantener vivo el vinilo es valioso; utilizarlo para medir quién merece más respeto dentro de una cabina, no.
Y mientras discutimos sobre formatos, se nos olvida preguntarnos algo mucho más importante: ¿cuál era, realmente, la función del DJ?
Antes de que existieran Beatport, Spotify, Instagram o los USB, el DJ ya tenía una misión muy clara. Francis Grasso revolucionó la forma de mezclar discos porque entendió que dos canciones podían convertirse en una sola experiencia; David Mancuso demostró que una pista de baile también podía educarse desde la selección musical, y Larry Levan convirtió cada noche en un viaje donde el criterio importaba mucho más que el protagonismo del propio DJ. Como explica Bill Brewster en Last Night a DJ Saved My Life, el prestigio del DJ nunca nació de tocar únicamente música propia; nació de saber encontrar la música adecuada, colocarla en el momento preciso y construir una historia capaz de transformar una pista de baile.
Últimamente he escuchado que "un DJ debería tocar principalmente su propia música". Entiendo de dónde vienen esas ideas, pero también creo que simplifican demasiado una profesión que siempre ha sido mucho más rica. Si un DJ se limitara a tocar exclusivamente su catálogo, ¿en qué momento descubriría música nueva?, ¿en qué momento dialogaría con otros productores?, ¿dónde quedaría esa búsqueda constante que ha definido al DJ desde sus orígenes? El selector no existe para escucharse a sí mismo; existe para conectar obras distintas y convertirlas en una experiencia nueva.
Algo parecido ocurre con otra idea que parece haberse convertido en una regla no escrita: tocar únicamente música nueva. Durante mucho tiempo yo mismo perseguí esa lógica, sentía que todo debía haber salido ese mismo mes; sin embargo, hace tiempo empecé a preguntarme si realmente tenía sentido. Si una canción publicada hace tres años sigue emocionando una pista, sigue representando mi identidad y sigue funcionando exactamente como necesito, ¿por qué habría de dejar de tocarla? Nuestro trabajo nunca ha consistido en demostrar que conocemos el último lanzamiento; consiste en elegir la mejor música posible para ese momento, aunque el público descubra hoy una canción que alguien produjo hace varios años.
Esa misma necesidad de demostrar cosas también aparece cuando hablamos de la famosa "zona de confort". Se repite constantemente que un buen DJ debe salir de ella, tocar de todo y demostrar que puede adaptarse a cualquier escenario. Lo entiendo cuando alguien está empezando, porque aprender implica explorar; pero, después de más de veinte años escuchando estilos diferentes, cambiando de géneros, equivocándome una y otra vez hasta encontrar una identidad, hoy siento que mi responsabilidad ya no es salir de mi zona de confort, sino construir sobre ella. No necesito demostrar que puedo tocar cualquier cosa; necesito profundizar en aquello que quiero comunicar. Una identidad no se construye cambiando de dirección cada fin de semana, sino entendiendo con claridad cuál es tu lenguaje y llevándolo cada vez más lejos.
Sin embargo, ninguna de estas discusiones explica por completo por qué siento que la escena avanza más lento de lo que podría. Hay algo que me preocupa todavía más, y es la forma en la que nos relacionamos entre nosotros. Porque, si soy completamente honesto, yo también soy parte de ese problema.
Durante mucho tiempo pensé que la falta de apoyo entre colegas era consecuencia de la envidia o de la competencia; hoy creo que la realidad es bastante más compleja. Nosotros mismos hemos construido pequeños grupos donde el apoyo casi siempre depende de la cercanía personal y no del trabajo que hay detrás. Compartimos la música de nuestros amigos, comentamos las publicaciones de quienes pertenecen a nuestro círculo y celebramos sus logros; mientras tanto, el trabajo de muchos otros colegas simplemente pasa frente a nosotros sin que siquiera nos detengamos a escucharlo.
Y quiero ser muy claro con algo: tampoco creo que apoyar signifique fingir.
No quiero compartir una canción solo porque quien la hizo sea mi amigo. No quiero comentar "¡qué rolón!" si en realidad no conecté con ella. No quiero alimentar una idea únicamente por compromiso. Ese tipo de apoyo tampoco ayuda a nadie; al contrario, termina siendo una forma muy elegante de mentirnos entre nosotros.
Creo que el verdadero apoyo empieza cuando somos capaces de reconocer el buen trabajo, aunque venga de alguien con quien nunca hemos hablado, de otro colectivo o, incluso, de una persona que no nos cae particularmente bien. Ahí es donde realmente se pone a prueba nuestro criterio. Porque es muy fácil celebrar a nuestros amigos; lo difícil es reconocer el talento cuando no existe ningún vínculo personal de por medio.
Y confieso que a mí también me cuesta. Muchas veces descubro que interactúo más con el contenido de quienes conozco que con el de otros DJs que probablemente están haciendo cosas extraordinarias. No porque piense que lo mío está bien, sino porque esa dinámica está tan normalizada que dejamos de verla. Formamos pequeñas trincheras y, desde ahí, defendemos a "los nuestros" mientras ignoramos casi todo lo demás.
Lo más preocupante es que esa costumbre termina afectando incluso nuestro gusto. Dejamos de escuchar la música para empezar a escuchar quién la publicó. Si la comparte alguien cercano, inmediatamente estamos más dispuestos a disfrutarla; si proviene de alguien con quien nunca hemos tenido relación, muchas veces ni siquiera le damos la oportunidad. Y eso me parece peligrosísimo, porque el criterio empieza a ceder frente a las simpatías personales.
A veces imagino un escenario completamente distinto. ¿Qué pasaría si los DJs de Toluca y Metepec comenzáramos a reconocer públicamente el trabajo que realmente nos gusta, sin importar de quién venga? ¿Qué pasaría si compartiéramos un set porque nos pareció extraordinario, si recomendáramos un track porque nos sorprendió o si comentáramos una publicación simplemente porque aporta algo valioso a la escena? Honestamente creo que podríamos convertirnos en una de las escenas más fuertes del país. No porque todos pensáramos igual, sino porque aprenderíamos a construir sobre el trabajo de los demás en lugar de competir constantemente por demostrar quién merece más atención.
Suena ingenuo, lo sé, tal vez incluso sea una utopía. Pero también creo que es mucho más ingenuo seguir esperando que la escena cambie mientras nosotros seguimos comportándonos exactamente igual.
No escribí estas líneas para convencer a nadie de abandonar el vinilo, usar sync o dejar de producir música. Cada quien tiene derecho a construir su camino como quiera, y esa diversidad también es parte de la riqueza de la música electrónica. Lo que sí me preocupa es la facilidad con la que convertimos nuestras decisiones personales en reglas universales y, peor aún, en argumentos para medir el valor de otros colegas.
Quizá el verdadero problema nunca fueron las herramientas, tampoco los formatos, las tecnologías o los géneros. El problema aparece cuando olvidamos que todo eso debería estar al servicio de la música y empezamos a utilizarlo para competir entre nosotros. En ese momento dejamos de construir una escena y comenzamos a construir jerarquías; dejamos de admirar el trabajo ajeno para buscar constantemente aquello que nos hace sentir un escalón arriba. Y, sin darnos cuenta, terminamos alimentando una cultura donde demostrar parece más importante que aprender.
No deja de parecerme una contradicción. La música electrónica nació gracias a personas que compartían discos, descubrían artistas, intercambiaban ideas y construían comunidades alrededor de una cabina. Hoy, que tenemos más herramientas que nunca para escucharnos, apoyarnos y aprender unos de otros, muchas veces preferimos encerrarnos en pequeños grupos donde el reconocimiento depende más de la cercanía que del criterio. No creo que esa haya sido la esencia de esta cultura y, sinceramente, tampoco creo que sea el camino para fortalecerla.
Quizá por eso sigo creyendo que el criterio vale mucho más que la pose; que una identidad construida con paciencia vale más que cualquier tendencia pasajera; que un DJ debería ser recordado por la música que hizo descubrir, por la experiencia que construyó y por la honestidad con la que ocupó una cabina, no por la cantidad de argumentos que encontró para demostrar que es superior a los demás.
No tengo la respuesta. De hecho, escribo este ensayo porque yo mismo sigo intentando encontrarla. También compito más de lo que me gustaría. También me cuesta reconocer el trabajo de personas con las que no tengo relación. También he caído en muchas de las ideas que hoy cuestiono. Pero si algo me ha enseñado la música electrónica es que el criterio también se educa, y quizá el primer paso sea dejar de preguntarnos quién es el mejor DJ de la escena para empezar a preguntarnos qué escena queremos construir.
Tal vez sea demasiado optimista pensar que una escena puede transformarse simplemente porque sus integrantes deciden escucharse con más honestidad. Pero sí estoy convencido de algo: mientras sigamos invirtiendo más energía en competir entre nosotros que en construir juntos, seguiremos frenando un crecimiento que podría ser mucho mayor.
Durante años pensé que el mayor obstáculo para un DJ era el algoritmo, la falta de oportunidades o el poco apoyo del público. Hoy ya no estoy tan seguro. Después de muchos años dentro de esta escena, empiezo a creer que el peor enemigo del DJ termina siendo otro DJ.


