Cuando la música nos hace sentir MUY importantes

Todos hemos visto al DJ, fotógrafo, promotor o colaborador que un día comenzó a comportarse como una celebridad...

REFLEXIONES SOBRE LA ESCENA

Jesús León

6/15/20268 min read

Cuando la música nos hace sentir MUY importantes

La música electrónica tiene algo curioso. Nos emociona cuando nos invitan a tocar, cuando formamos parte de un line up importante, cuando vemos nuestro nombre en un flyer, cuando alguien reconoce nuestro trabajo o cuando una pista de baile responde a lo que estamos haciendo detrás de una cabina; y creo que eso es completamente normal.

Pero con el tiempo he observado que la música tiene otro efecto, uno del que pocas veces hablamos. No importa si eres DJ, promotor, fotógrafo, videógrafo, técnico o parte del staff; cuando formas parte de un evento exitoso, cuando tienes acceso a lugares donde otros no pueden entrar, cuando subes a un escenario, cuando la gente te reconoce o simplemente cuando sientes que estás participando en algo especial, es fácil dejarse llevar por la emoción.

Y no hablo de maldad, hablo de adrenalina.

Porque la adrenalina también alimenta al ego. Nos gusta sentirnos observados, reconocidos, escuchados; nos gusta sentir que pertenecemos a algo importante. El problema aparece cuando dejamos de disfrutar esa emoción y comenzamos a confundirla con prestigio, influencia o superioridad. Ahí es donde la música deja de ser una pasión y comienza a convertirse en una excusa para sentirnos más importantes de lo que realmente somos.

Durante los últimos años he tenido la oportunidad de participar en distintos proyectos y observar muchos de estos comportamientos. Algunos me han parecido admirables, otros me han parecido curiosos y varios me han hecho reflexionar sobre la forma en que nos relacionamos con el reconocimiento, el ego y el éxito dentro de una escena que, al final del día, está formada por personas exactamente iguales a nosotros.

Quiero dejar claro que estoy muy agradecido con los promotores, colectivos y proyectos que han confiado en mi trabajo. Algunos me abrieron las puertas cuando nadie me conocía, otros me han invitado a formar parte de eventos importantes y varios me han permitido compartir cabina con artistas a los que admiro profundamente. Por eso, cualquier reflexión que venga a continuación no nace desde el resentimiento ni desde la inconformidad; nace desde la observación.

También he aprendido que organizar un evento no es sencillo. Los promotores invierten tiempo, dinero, energía y asumen riesgos que muchas veces el público no alcanza a ver. Tienen derecho a decidir con quién trabajan, a quién impulsan, qué perfiles consideran adecuados para sus proyectos y qué artistas representan mejor la visión que buscan construir.

Sin embargo, con el paso del tiempo he descubierto algo que me parece interesante: dentro de un mismo line up no todos los artistas reciben el mismo trato, la misma visibilidad ni el mismo nivel de apoyo. Y tampoco todos los artistas aportan el mismo nivel de compromiso al proyecto que los está invitando.

Hay quienes promueven el evento durante semanas, generan contenido, invitan gente, hablan del proyecto con entusiasmo y entienden que, durante unas horas, forman parte de algo más grande que ellos mismos. También existen quienes apenas publican una historia, llegan minutos antes de tocar y desaparecen en cuanto termina su presentación.

Pero eso no necesariamente significa que unos valgan más que otros.

Las relaciones humanas son complejas. Existen las amistades, las afinidades, los gustos personales y los niveles de confianza; los promotores también son personas y es natural que desarrollen vínculos distintos con cada artista. No hay nada extraño en eso.

Lo que sí me parece importante recordar es que una cosa es el respaldo de un promotor y otra muy distinta es la respuesta del público. El primero puede depender de simpatías, relaciones personales o visiones particulares sobre un proyecto; el segundo es mucho más difícil de conseguir. El público no comparte una publicación por compromiso, no permanece frente a una cabina por amistad y no regresa a escucharte porque alguien se lo pidió.

El público simplemente responde. Y cuando responde, lo hace con una honestidad que pocas cosas pueden igualar, porque el disfrute rara vez se finge. Con el tiempo aprendí a valorar más una pista llena, una sonrisa sincera o una persona que regresa a escucharte meses después, que cualquier repost, colaboración o horario estelar.

Hay otra señal que, curiosamente, suele indicar que un proyecto está creciendo y haciendo las cosas bien. Cuando un evento comienza a ganar prestigio, a llenar espacios y a generar expectativa, aparecen personas que quieren estar cerca de él, y eso me parece completamente normal. Lo curioso es que algunas veces no solo quieren estar cerca; comienzan a comportarse como si fueran parte fundamental del proyecto o incluso como si fueran propietarios de este.

De pronto aparecen exigencias, peticiones especiales, accesos de cortesía para amigos, familiares o acompañantes; personas que consideran que merecen beneficios extraordinarios porque alguna vez prestaron un servicio, hicieron una recomendación o participaron de manera indirecta en alguna parte del proceso. Y no lo digo con molestia; de hecho, me parece algo cómico.

He visto personas solicitar múltiples accesos porque facilitaron algún equipo, porque conocen a alguien del staff o porque colaboraron en algún detalle específico del evento. Quizá sea una cuestión de personalidad, pero también creo que existe una diferencia importante entre colaborar con un proyecto y sentir que el proyecto te pertenece.

También he observado cómo nos comportamos los DJs entre nosotros mismos. Algunos, cuando les preguntas cómo les fue en una presentación, responden como si acabaran de conquistar el mundo; otros preferimos hablar de lo que pudo hacerse mejor. No porque tengamos menos confianza, sino porque entendimos que reconocer errores no nos hace más pequeños; nos hace más humanos.

Durante años he descubierto algo curioso: las personas más talentosas que he conocido rara vez necesitan recordarle a los demás lo buenas que son. Dejan que su trabajo hable por ellas. En cambio, dentro de nuestra escena existen artistas que confunden reconocimiento con superioridad. Llegan minutos antes de tocar, atraviesan accesos sin saludar, ignoran al personal que lleva horas trabajando y se comportan como si el evento existiera únicamente para ellos.

Lo paradójico es que ningún DJ construye una experiencia por sí solo.

Si una pista funciona, es porque hubo un ingeniero haciendo sonar el sistema correctamente. Si la gente permanece cómoda, es porque existe personal de acceso, barras, producción y seguridad realizando su trabajo. Si el público disfruta la noche, es porque decenas de personas están colaborando para que eso ocurra. Los artistas somos una parte importante del evento, pero seguimos siendo una parte del evento.

Hay otro fenómeno que me resulta curioso, como realizador audiovisual. Suelo prestar mucha atención a los videógrafos o fotógrafos, y, en una experiencia reciente, observé algo que me hizo sonreír: cinco personas operando alrededor de una sola cámara. Mientras los veía coordinarse y analizar cada detalle, no podía evitar preguntarme si estaba presenciando una producción extraordinariamente sofisticada o una escena completamente absurda. Probablemente un poco de ambas y mucha adrenalina en esos muchachos (el evento no habia comenzado).

No tengo nada en contra del contenido audiovisual; al contrario, entiendo perfectamente su valor. Documentar los eventos ayuda a preservar recuerdos, promocionar futuros proyectos y mostrar el trabajo que existe detrás de una producción. Sin embargo, a veces tengo la impresión de que la documentación del evento comienza a competir con el evento mismo.

Me ha tocado ver artistas rodeados por más cámaras que asistentes y momentos que parecen diseñados para verse bien en una historia de Instagram antes que para ser disfrutados por quienes están presentes. Quizá sea una consecuencia natural de la época que vivimos.

Y aquí aparece otro personaje muy común dentro de la escena: el artista que llega acompañado por un pequeño séquito; fotógrafos, videógrafos, amigos, acompañantes y una colección de personas cuya principal función parece ser confirmar que el artista es importante. No me molesta que alguien llegue acompañado, todos disfrutamos compartir estos momentos con personas cercanas, lo que me llama la atención es cómo cambia el comportamiento de algunos cuando sienten que tienen una pequeña cuota de atención.

De pronto aparecen exigencias, accesos especiales, filas que deben detenerse y reglas que aparentemente ya no aplican. Y es curioso, porque muchas veces confundimos popularidad con volumen. Tener veinte personas alrededor no necesariamente significa tener una buena audiencia. Tener muchas historias etiquetadas tampoco significa haber conectado con la gente.

La verdadera prueba sigue estando donde siempre ha estado: frente a la pista de baile.

Y ya que hablo de percepciones, hay una comentario del público que siempre me llama la atención. Sucede prácticamente en todos los eventos, alguien pregunta el precio de la entrada y tarde o temprano aparece el comentario:

“¿Todo eso solo por entrar?”. Sí, cuesta eso solo por entrar, (y eso que nuestra escena local tiene los precios más bajas que he visto en el país por escuchar artistas internacionales.) 

Solo por entrar a escuchar artistas de calidad; solo por entrar a disfrutar sistemas de audio que representan años de inversión; solo por entrar a un espacio donde trabajaron durante semanas promotores, ingenieros, técnicos, diseñadores, fotógrafos, personal de seguridad, barras, accesos y producción para que unas cuantas horas sucedieran de la mejor manera posible.

Solo por entrar.

A veces olvidamos que no estamos comprando un boleto para atravesar una puerta. Estamos contribuyendo a que exista una experiencia.

Por eso me gustaría que fuéramos más los DJs que entienden que el respeto también forma parte de nuestra profesión; más artistas dispuestos a convivir con el crew, a agradecer al personal técnico, a reconocer el trabajo de quienes están detrás del escenario y a dejar que sea el público quien determine el verdadero valor de nuestro trabajo.

No podemos controlar los gustos de los promotores, no podemos decidir quién recibe más publicaciones, más historias o más atención, tampoco podemos cambiar la personalidad de los demás. Lo que sí podemos decidir es cómo nos comportamos cuando llega nuestro turno de subir a la cabina.

Y al final, cuando las luces se apagan, las redes sociales dejan de importar, las cortesías desaparecen y los aplausos terminan, lo único que permanece es algo mucho más simple: la manera en que tratamos a las personas y la huella que dejamos en la pista de baile.

Y sí, aquí estoy otra vez, escribiendo sobre esto cuando podría quedarme callado. Pero la realidad es que cada vez me siento más parte de esta escena; cada año conozco más personas, entiendo mejor cómo funciona y, sobre todo, tengo más ganas de verla crecer. Me gusta tanto todo lo que rodea a la música electrónica que no quiero verla estancarse, mucho menos deteriorarse; al contrario, quiero verla evolucionar, fortalecerse y convertirse en un espacio donde el talento, la comunidad y el respeto tengan tanto valor como la música misma.

Quizá por eso escribo estas cosas. No porque crea tener la razón, ni porque pretenda cambiar la manera en que los demás se comportan; escribo porque me importa. Me importan los eventos, los artistas, los promotores que arriesgan su dinero, el personal que trabaja detrás de cada producción y el público que hace posible que todo esto exista.

También entiendo que no todos tenemos la misma experiencia, la misma trayectoria ni el mismo nivel dentro de esta industria. Hay artistas con décadas de trabajo detrás, otros que apenas comienzan, algunos que dominan aspectos que otros todavía están aprendiendo y personas que han abierto caminos que muchos apenas estamos recorriendo. Y eso está bien.

Porque una escena saludable no se construye cuando todos intentan demostrar quién es mejor; se construye cuando quienes tienen experiencia están dispuestos a compartirla, cuando quienes están comenzando tienen la humildad para aprender, cuando existe admiración sin idolatría, cuando el talento convive con el respeto y cuando entendemos que siempre habrá alguien de quien aprender y alguien a quien podamos ayudar.

Quizá eso es lo que más me gustaría ver crecer dentro de nuestra escena: más respeto entre colegas, más respeto por quienes trabajan detrás de los eventos, más respeto por el público que hace posible que todo esto exista y más respeto por el camino que cada persona ha recorrido para llegar hasta donde está.

Al final, más allá de los flyers, los horarios, los aplausos, las reproducciones o los seguidores, una escena se fortalece cuando las personas deciden crecer juntas.

El talento puede abrir puertas, pero el respeto nos permite entrar por ellas.