La ansiedad por validarse

Ser DJ ya no parece suficiente en una escena obsesionada con hacer de todo al mismo tiempo. Este texto cuestiona la ansiedad por validarse, y la forma en la que hemos empezado a confundir ruido con relevancia.

REFLEXIONES SOBRE LA ESCENA

Jesús León

7/3/20265 min read

La ansiedad por validarse

Cuando ser DJ deja de ser suficiente

Hay algo que se ha ido instalando silenciosamente en la escena de la música electrónica y que, sin darnos cuenta, ha terminado por definir la manera en la que muchos DJs, productores y colegas entendemos nuestro propio trabajo, y es la idea de que nunca es suficiente con ser DJ, como si el simple hecho de seleccionar música, leer una pista y construir un viaje sonoro ya no alcanzara por sí mismo, como si hubiera que justificar constantemente la existencia detrás de la cabina con una serie de habilidades adicionales que van desde producir música hasta crear contenido, diseñar imagen, manejar redes sociales, construir narrativa digital, grabar sesiones en lugares cada vez más llamativos o presentar una identidad o un concepto que muchas veces termina pesando más que la música misma.

Y no es que ninguna de esas cosas sea innecesaria, al contrario, muchas de ellas forman parte del ecosistema actual y en algunos casos incluso ayudan a expandir proyectos que de otra forma no tendrían visibilidad, pero lo que me interesa señalar aquí no es la utilidad de estas herramientas, sino la presión visible que han generado, una presión que empuja a muchos a sentir que si no están haciendo absolutamente todo al mismo tiempo entonces están quedándose atrás, como si el DJ de hoy tuviera que convertirse en una especie de figura total, casi autosuficiente, capaz de producir, promocionar, filmar, editar y vender su propio trabajo mientras intenta, en el proceso, seguir siendo DJ.

Y ahí es donde aparece lo que para mí es el verdadero centro de todo esto, una especie de ansiedad por validarse que no se expresa abiertamente pero que se percibe en casi todas las decisiones estéticas y estratégicas que vemos hoy en la escena, desde las sesiones grabadas en lugares inesperados hasta los sets diseñados más para el video que para la pista, pasando por la necesidad constante de “diferenciarse” aunque esa diferenciación termine siendo una variación mínima de lo mismo, y es curioso porque en el intento de no ser iguales, muchos terminan haciendo exactamente lo mismo.

En medio de todo esto, creo que hemos dejado de hacernos una pregunta fundamental, que es qué significa realmente ser DJ, porque si uno revisa la historia del oficio, especialmente a través de libros como Last Night a DJ Saved My Life de Bill Brewster y Frank Broughton, lo que aparece no es la figura del DJ como productor, ni como influencer, ni como marca personal, sino como selector, como alguien que traduce el lenguaje de la música en una experiencia colectiva, alguien que no necesariamente crea las canciones pero sí crea el contexto en el que esas canciones adquieren sentido.

De hecho, una de las ideas más importantes que atraviesa ese libro es que el DJ no inventa la música que suena en la pista, sino que la reorganiza, la recontextualiza y la convierte en algo nuevo a través de la selección y la mezcla, y en ese sentido el DJ es menos un autor en el sentido tradicional y más un mediador cultural, alguien que construye significado a partir de lo que otros ya hicieron, y quizá por eso el criterio siempre ha sido su herramienta más importante, mucho más que la técnica o la tecnología.

Si uno mira hacia atrás, hacia los primeros momentos del DJing moderno, desde figuras como Francis Grasso en Nueva York, pasando por David Mancuso en The Loft o Larry Levan en Paradise Garage, lo que se vuelve evidente es que el valor del DJ no estaba en producir música propia sino en la capacidad de seleccionar, conectar y sostener una narrativa musical durante horas, entendiendo cómo fluía la energía de una pista y cómo se podía transformar a través de decisiones aparentemente simples pero profundamente intuitivas.

Y es interesante porque incluso con la llegada del beatmatch, que en su momento fue una revolución técnica importante porque permitió una continuidad mucho más fluida entre discos, el centro del oficio no cambió realmente, lo que cambió fue la herramienta, no la esencia, porque seguir mezclando perfectamente dos tracks nunca ha sido suficiente si no existe detrás una intención, una lectura del espacio y una sensibilidad para entender qué necesita la pista en cada momento.

Sin embargo, en el contexto actual, parece que hemos invertido esa lógica, como si dominar herramientas, producir música o generar contenido fueran condiciones obligatorias para ser considerado DJ, cuando en realidad son extensiones posibles del oficio, no su núcleo, y aquí es donde me parece importante hacer una distinción clara, porque producir música es una disciplina profundamente valiosa, y de hecho muchos de los DJs más influyentes de la historia también han sido productores, pero eso no convierte la producción en un requisito para validar el trabajo del DJ.

De hecho, uno de los grandes malentendidos actuales es pensar que el siguiente paso natural de un DJ es producir música, como si el crecimiento dentro de la escena tuviera una única dirección posible, cuando en realidad hay DJs que han construido carreras sólidas, influyentes y profundamente respetadas sin necesidad de tener un catálogo propio (Hernán Cattáneo o Solomun), simplemente a partir de su criterio y su capacidad de lectura musical, y esto no los hace menos completos, los hace distintos.

Yo mismo tengo claro que quiero producir música, de hecho es uno de mis sueños más importantes, imaginar que algún día otros DJs puedan tocar algo que salió de mi estudio es una motivación enorme, pero al mismo tiempo soy consciente de que eso pertenece a otra dimensión del trabajo musical, y que no reemplaza el oficio del DJ, porque el DJ no se define por lo que crea en el estudio sino por lo que construye en tiempo real frente a una audiencia.

Y quizá por eso me incomoda un poco la forma en la que hoy se repite la idea de que hay que hacerlo todo, como si ser DJ no fuera suficiente, como si hubiera que acumular roles para justificar la presencia, y en ese proceso muchas veces terminamos más preocupados por parecer DJs que por desarrollarnos realmente como DJs, más enfocados en la forma en la que somos percibidos que en la profundidad de lo que hacemos cuando estamos frente a una cabina.

Al final, la historia de la música electrónica parece recordarnos algo que estamos olvidando con facilidad, y es que este no es un género que nació buscando aprobación masiva ni validación global, sino todo lo contrario, nació en espacios específicos, en comunidades concretas, donde lo importante no era la exposición sino la experiencia, donde el valor de un DJ no se medía por su alcance sino por su capacidad de transformar una pista con criterio y sensibilidad musical.

Por eso creo que estamos en un punto en el que vale la pena detenernos y replantear algunas cosas, no para rechazar lo que ha evolucionado la escena, ni para negar el valor de las nuevas herramientas, sino para recuperar el centro de lo que esto siempre ha sido, y es que antes de algoritmos hubo criterio, antes de métricas hubo gusto, y antes de la necesidad de validación hubo simplemente una persona detrás de una cabina tomando decisiones musicales con la intención de construir una experiencia.

Y quizá esa sea la pregunta más importante que podemos hacernos hoy, no qué tanto estamos haciendo, ni qué tan visibles somos, ni cuántas cosas sabemos ejecutar al mismo tiempo, sino algo mucho más incómodo y mucho más honesto, qué tanto criterio estamos desarrollando realmente como DJs.

Jesús León | DJ

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