¿Y si el crecimiento ya empezó?
Entre críticas, diferencias y cambios constantes, la escena local ha seguido creciendo y encontrando su identidad. Quizá es momento de preguntarnos...


¿Y si el crecimiento ya empezó?
La escena local de música electrónica ha evolucionado mucho en los últimos años. Quizá evolucionar es una palabra elegante; tal vez lo que hemos vivido es una verdadera metamorfosis.
Hace apenas tres años las cosas se percibían muy distintas; era más fácil identificar a los grupos de personas que frecuentaban las fiestas. Había ciertos estilos, ciertas formas de vestir, ciertas personalidades que parecían agruparse naturalmente alrededor de los eventos. No sé si eran contraculturas, tribus urbanas o simplemente personas con gustos afines, pero era más sencillo reconocer quién pertenecía a estos espacio.
Y no quiero clavarme en la discusión entre lo mainstream y lo underground; a estas alturas me parece una conversación poco útil. Porque más allá de cómo evolucione la industria, hay cosas que permanecen exactamente igual.
Siguen existiendo personas con talento, creatividad, conocimiento, buen gusto y una enorme disposición para trabajar, y también siguen existiendo personas que no tienen nada de eso. La calidad y la falta de calidad siempre han coexistido, así como el conocimiento y la ignorancia; no es algo nuevo ni exclusivo de la música electrónica.
Sin embargo, como artista, tampoco puedes vivir eternamente romantizando el anonimato. La mayoría de quienes hacemos música queremos que alguien la escuche, queremos compartirla, conectar con otras personas y llevar nuestro trabajo más lejos. Por eso, más allá de cualquier crítica, la música electrónica vive un gran momento.
He tenido la oportunidad de participar en proyectos grandes y pequeños dentro de la escena local, y algo que me llama mucho la atención es la diversidad del público. Cada vez veo más personas acercándose a estos espacios; lo noto especialmente en las mujeres, y sí, sí me fijo en eso porque me encantan (sería absurdo negarlo), pero la realidad es que me parece mucho más interesante observar cómo ha cambiado su participación, en el público y en la cabina.
Muchas chicas que hace algunos años probablemente no se habrían sentido cómodas asistiendo solas a una fiesta de música electrónica, hoy forman parte activa de estos espacios y eso me parece una gran señal. Porque aunque desde fuera algunas personas sigan imaginando que la música electrónica ocurre en ambientes hostiles o pesados, la realidad es que, salvo uno que otro personaje que todavía no aprende a comportarse, la mayoría de estos espacios son bastante pacíficos. La gente quiere bailar, disfrutar, conocer personas, escuchar música y pasarla bien.
También hay un componente generacional que me parece interesante. Hay generaciones que simplemente ya están en otra etapa de su vida; algunas perdieron el interés, otras ya no tienen la misma energía y otras encontraron nuevas prioridades. Pero al mismo tiempo están llegando nuevas generaciones con una enorme curiosidad por descubrir este fenómeno cultural.
Porque al final, la música electrónica es mucho más que música: es una experiencia colectiva. Son horas compartidas con cientos de personas sin necesidad de intercambiar una sola palabra; es moverte al mismo ritmo que alguien a quien no conoces, encontrar momentos de conexión a través del sonido, del cuerpo y de la energía que se genera en una pista de baile. Y nosotros, los DJs, tenemos el privilegio de ser conductores de esa experiencia.
Por eso creo que estamos frente a una oportunidad muy valiosa.
Y sí, Toluca/Metepec puede ser complicada (a veces demasiado); diferentes pensamientos, rivalidades, egos, envidias y opiniones encontradas. Durante años vimos competencias innecesarias, indirectas, discusiones y desacuerdos que parecían no terminar nunca. Pero también creo que muchas de esas etapas ya pasaron, y quienes siguen aquí son precisamente quienes decidieron permanecer por gusto y por convicción.
Y claro, permanecer no significa ser perfectos. Todos nos hemos equivocado: los DJs hemos cometido errores técnicos, hemos puesto canciones que no debían sonar o hemos tomado malas decisiones en nuestras presentaciones o negociaciones. Los productores y promotores también se equivocan; hay artistas que no funcionan, inversiones que salen mal y proyectos que no generan los resultados esperados.
Y el público tampoco está exento de errores. De hecho, quizá los errores más delicados ocurren ahí. Todos conocemos historias de personas que perdieron el control en la búsqueda del disfrute; historias que a veces terminan en anécdotas y otras veces terminan en ausencias. Por eso también vale la pena recordar a quienes ya no están con nosotros, a quienes compartieron esta cultura, esta pasión y esta forma de vivir la música.
Pero incluso después de los errores, después de las diferencias y después de los desacuerdos, la escena siguió avanzando.
Hoy veo algo distinto: colectivos que han encontrado su lugar, propuestas con identidad y proyectos que ya no necesitan explicar quiénes son porque el público los reconoce perfectamente. Y eso, honestamente, me parece una de las mejores cosas que le han pasado a la escena local.
Porque los proyectos comienzan a segmentarse, aunque no en un sentido negativo. No se trata de excluir personas, sino de encontrar afinidades; cada proyecto empieza a construir su propia personalidad, atrae a las personas que mejor conectan con su propuesta y termina encontrando su audiencia. Lo mejor es que ocurre en ambos sentidos: cada audiencia también encuentra los espacios donde se siente cómoda.
Si eres nuevo en la escena, probablemente no tardarás mucho en descubrir qué propuesta se parece más a ti. Si eres DJ, tampoco tardarás demasiado en identificar dónde podría encajar mejor tu sonido. Los caminos son mucho más claros que antes.
Y eso también ocurre con la música.
Porque hoy existen géneros para todos; están los más houseros, los más technosos, los amantes de los sonidos rápidos, quienes buscan algo más profundo, quienes prefieren experiencias más hipnóticas y quienes quieren máxima intensidad desde el primer minuto. Y qué bueno que sea así, porque categorizar no significa dividir, significa entender: cómo funciona la música, cómo evoluciona la energía y, sobre todo, entender qué nos gusta y por qué nos gusta.
Por eso hay una idea que nunca me ha convencido del todo: el famoso "a mí me gusta de todo" o "yo toco de todo". Con el tiempo he aprendido que el desarrollo exige enfoque; no porque sea imposible escuchar muchos géneros o tocar distintos estilos, sino porque llega un momento en que necesitas descubrir qué es lo que realmente te mueve, qué te emociona, qué te representa, en qué eres bueno y qué quieres comunicar.
La identidad también se construye así: con tiempo, con experiencia y con prueba y error. Y creo que es evidente en cómo ha crecido nuestra escena.
Muchos comenzamos escuchando ciertos estilos y terminamos enamorándonos de otros completamente diferentes. Algunos empezamos en el psytrance y terminarmos explorando sonidos más lentos; otros descubrieron que lo suyo era la energía de los estilos más rápidos. Y ambos caminos son válidos, porque no todo es para todos, y eso está bien.
De hecho, creo que una de las señales más claras de madurez es aceptar precisamente eso: que existen distintas formas de vivir la música, distintas formas de disfrutarla y distintas formas de construir comunidad alrededor de ella, y quizá eso es lo que más me entusiasma de todo esto.
Más allá de los géneros, de las modas, de las diferencias o de las etapas que hemos atravesado como escena, hoy veo una comunidad más diversa, más madura y más definida que hace algunos años. Veo proyectos con identidad propia, públicos cada vez más participativos, artistas encontrando su camino y nuevas generaciones llegando con ganas de descubrir, aprender y formar parte de esta cultura.
Todavía queda mucho por construir y por mejorar, pero por primera vez en mucho tiempo siento que los caminos son más claros para todos. Y eso es una gran noticia, porque cuando una escena encuentra su identidad, deja de preocuparse por sobrevivir y comienza a pensar en crecer.
